Dividir España

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Ninguna falacia resulta más artera y repugnante que el pretendido argumento de la división de España. Tampoco ninguna se reitera tanto y, por muchos adjetivos que agregue, siempre han de caberle algunos más a la manida declaración de que cierto derecho, aquella medida o esta propuesta, divide a España o a los españoles.

Se lo he oído decir al rey, al presidente del actual gobierno y a quien le precedió, a ministros y a ex ministros, gobernadores, alcaldes, funcionarios, jerarcas de la Iglesia,  periodistas…

El último que vuelve a las andadas, Alfonso Alonso, se quejaba en estos dias de que el Parlamento navarro reconociera como tales a las víctimas del franquismo. El reconocimiento llega tarde, muy tarde, y hasta se queda corto pero, al dirigente popular no le molesta eso, sino que llegue. Y es que la medida, apunta Alonso, “busca dividir” y, además, establece que “unos son buenos y otros malos y esto es una mala estrategia política”.

¿Mala estrategia política? ¿Y no quedamos en que había buenos y malos, vencedores y vencidos? Alonso no se cansa de repetirlo: en Euskalherria debe haber vencedores y vencidos y en Navarra no debe haber buenos y malos. Todo depende de la guerra que sea, y Alonso y los suyos sólo ganan las guerras que pierden.

¿Dividir?  ¿Puede dividirse el átomo? ¿Alguna vez hemos estado unidos? Por supuesto que estamos divididos, lo hemos estado siempre, en blanco y en negro, en diferido y en directo. Y lo vamos a seguir estando hasta que la justicia no sea un esperpento y el derecho una mala palabra; hasta que la fortuna de unos no disponga la ruina de todos; hasta que el miedo no pese más que la razón; hasta que la verdad pueda ser rehabilitada; hasta que el respeto sea restaurado y la impunidad no salga agradecida; hasta que no queden en las cárceles vergüenzas con cargos y en los ministerios cargos sin vergüenza.

Sobresaltos

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Cronopiando

Koldo Campos Sagaseta

Sobresaltos

(Gara)

Sí, lo sé, soy un ingenuo. Y, peor todavía, a veces me levanto mucho más alelado de lo que acostumbro y espero que la cafetera hierva sin haberla puesto y que el pan se tueste sin electricidad. En cualquier caso, sea por candidez o por despiste, no hay como sintonizar alguna emisora o canal, abrir un periódico o escuchar al vecino, para que el día que parecía apacible, de improviso, comience a llenarse de respingos y sobresaltos:

“¡Hemos vuelto!” gritaba enardecido Alfonso Rubalcaba en el cierre del congreso socialista. ¿Y es que se habían ido? ¿Cuándo? ¿A dónde se había ido el Partido Socialista?

“¡Salida limpia”! celebraba feliz De Guindos el acuerdo de los ministros de la Eurozona de poner fin al rescate de la banca española. ¿Y es que hubo rescate? ¿No había dicho el presidente que eran “préstamos en condiciones ventajosas”? ¿De qué rescate hablan?

“¡Ni buenos ni malos!” se quejaba amargamente Adolfo Alonso, portavoz popular en el Congreso español, en repudio a la decisión del Parlamento navarro de reconocer a las víctimas del franquismo como tales. ¿Cómo? ¿Y no quedamos en que había buenos y malos? ¿No quedamos en que había vencedores y vencidos?

“¡Y además nos divide!” agregaba Alonso en relación a la misma decisión de los representantes navarros. ¿Y es que estábamos unidos? ¿Alguna vez hemos estado unidos? ¿Ellos y nosotros?

A eso del mediodía, horas más horas menos, es que me despierto y… no, ni siquiera Rubalcaba ha vuelto, que siempre estuvo ahí. Tampoco hay salida limpia para tanta mierda. Y Alonso, Rubalcaba o de Guindos, ellos, además de malos, siempre pierden todas las guerras que ganan.