Un domingo loco

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El lunes, el presidente se ajustó traje y corbata rumbo a una importante cita para, rodeado de empresarios sin vergüenza, disertar sobre el desarrollo y adjudicar favores y contratos.

El martes, en mangas de camisa, viajó a algunas remotas regiones del país para, rodeado de campesinos sin tierra, defender la agricultura y repartir sobres y canastas.

El miércoles, conforme al protocolo, se trasladó al Congreso para, rodeado de honorables sin honra, justificar decretos y acomodar pactos y componendas.

El jueves se puso el chándal, cachucha incluida, y se dirigió a la universidad pública para, rodeado de estudiantes sin futuro, defender su ley de educación y distribuir títulos y becas.

El viernes, vestido de rey mago, se aventuró en un barrio obrero para,  rodeado de niños sin infancia, hablar de paz y regalar pelotas y muñecas.

El sábado no pudo esperar al día siguiente. Desnudo saltó de la cama y, en la calle, repartió fundazos a todo su gobierno. Después dispuso una millonaria exoneración de patadas sobre las nalgas de sus socios y el compromiso de distribuir morados cardenales a las más ilutres sotanas de la curia. También adjudicó traumas y acomodó contusiones entre los tantos variados uniformes, y una surtida  partida de leñazos a jueces, empresarios y banqueros. Así fue que, rodeado de millones de esperanzas sin gobierno, simplemente, desahució la impunidad, nacionalizó la memoria y comenzó a cumplir su programa electoral devolviendo al pueblo la voz y la palabra.

El domingo fue declarado loco, destituido y encerrado en prisión permanente revisable.