Vivo en la luna

Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, que la tierra me pesa y me reduce hasta anularme o, peor aún, hasta negarme esas cuantas palabras que vine trajinando y que, llegué a creer, algún día acabaría aprendiendo. Y es que mis palabras se me pierden y por más que uno invoque su nostalgia o recurra el dictamen de la amnesia, así sea transitoria, o apele la revisión del caso demandando un vestigio de luz en la memoria, hay palabras que siempre se me pierden sin que consiga conjugar sus letras. Palabras movedizas de sílabas fugaces que se cierran y abren, que se van y se vienen, palabras como… Hay palabras que siempre se me pierden.

Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, y a falta de palabras no conservo en este escueto inventario de mudanza otra cosa que mis puntos suspensivos.

Cualquier cosa que piense, antes de que pueda expresarla, comienza a segregar infinitos puntos suspensivos para que, enredado en ellos, termine por rendirme a la evidencia y me niegue a articular siquiera una tímida voz, un discreto sonido, una simple palabra. Cada vez que estoy a punto de arribar a alguna inobjetable conjetura los puntos suspensivos la dejan en el aire y, ante el cuestionamiento general que impaciente espera que concluya, me voy de punto en punto, muy despacio, camino de la luna, sin nada que alegar en mi defensa que no sean los puntos suspensivos.

Viene entonces la queja y el reproche de un universo crédulo y resuelto que se niega a aceptar por descreído el secular cortejo de mis siempre suspensivos titubeos, y yo alego mis credos suspensivos para dejar a Dios a la intemperie y ponerme la duda por sombrero.

Si al menos en la luna me quedara un sin embargo, un acaso, un simple pero, sé que podría reconducir mis pasos por certezas comunes, cotidianas, por esos abismos que se nos mienten cuerdos, como los que nos sirven de descargo para no reiterar viejos insomnios.

Debe ser bueno levantarse y descubrir que somos un por ciento, y aún más grato incorporarse al día si el porcentaje resulta abrumador, pero no son más dulces los besos suspensivos ni hay memoria que pueda sostener tanto recelo.

La noche iguala el sueño de los mansos aunque no haya una estrella que lo ilustre o un ramalazo de fe que lo haga humano, que los demás debemos conformarnos con acunar los puntos suspensivos hasta que se sometan las pupilas y no lata la hiel más que el costado.

Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, aunque no he terminado de mudarme. Me falta  recoger una sonrisa que haga más dulces las noches en menguante y una lágrima grave que compense la desmedida holganza del creciente para contar estrellas a tu lado como gatos esquivos arriba de un tejado.

(Euskal presoak-Euskal herrira)