Memoria

Entre la España que sale a los caminos a jalear a los tercios de Flandes y la España que sigue en las cunetas demandando memoria… hay un metro de tierra y ochenta años de impunidad.

“… pero no convenceréis”

Era el 12 de octubre de 1936 y, en el abarrotado paraninfo de la Universidad de Salamanca, se celebraba el Día de la Raza. No faltaba nadie. Tampoco el obispo y la legión española. El rector, Miguel de Unamuno, no iba a intervenir pero, tras las primeras diatribas y soflamas de algunos oradores, se levanta: “…Se ha hablado también de catalanes y vascos llamándolos anti-España; pues bien, con la misma razón pueden ellos decir otro tanto. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, y llevo toda mi vida enseñándoos la lengua española que no sabéis…”

Millán Astray, que también es rector, aunque en lugar de un claustro dirija la legión, vocifera indignado su mejor argumento: ¡Viva la muerte! y desarrolla su tesis: “Cataluña y el País Vasco son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí!”

Dos meses más tarde, apartado de la universidad y en arresto domiciliario, moriría Unamuno, pero en la que sería su última intervención pública no dejó sin respuesta al “novio de la muerte”: “Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis suficiente fuerza bruta pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España.”

(Euskal presoak-euskal herrira)

“Solo un chin chin!

Cuando mi hija Irene tenía 2 años, un día, sorprendió en el suelo de la cocina a una solitaria hormiga. Fascinada la fue acompañando, a cuatro patas, a lo largo de algunas baldosas hasta que me preguntó:

-¡Papá mira, una hormiguita! ¿La mato?

Solidario con la hormiga intercedí por ella pero Irene, que no aceptaba mis alegaciones, me propuso a cambio:

-Sólo un “chin-chin”.

Un “chin-chin” en buen dominicano viene a ser un poco. Irene sólo pretendía matarla un poquito, un algo, un diez por ciento quizás.

Irene estaba entonces muy lejos de saber que las decisiones que se adoptan en la vida no suelen admitir paliativos.

Y lo cuento porque me asquea oír a ciertos periodistas y políticos lamentar la falta de proporción en la salvaje represión desatada por las policías españolas contra un pueblo pacífico y desarmado. ¿Hubiera sido más proporcionado solo 200 heridos? ¿Quizás 50 patadas menos? ¿Sólo 10 cabezas rotas?

Irene ha crecido. Ya no persigue hormigas por la casa a las que aplastar moderadamente para que el pisotón resulte proporcionado y termine cuanto antes. Ahora ya sabe que para el Estado español todo principio jurídico, ético, constitucional, derecho humano… cabe en un chín-chín.

(Euskal presoak-euskal herrira)