Greta Thunberg

Algunos grandes medios que celebran el tradicional papel de las primeras damas en la erradicación del hambre en el mundo (así de cínico es el sistema) o aplauden las donaciones de los grandes evasores fiscales para equipar algún que otro hospital, también festejan que en las cumbres sobre el clima tome la iniciativa la divina infancia y que con esa dulzura que la caracteriza comparta tarima y focos con los discursos oficiales. Hermosas cartas de amor a la naturaleza que llegan de todas las escuelas a manos de presidentes de Estado absolutamente conmovidos por tanta ternura.

Greta Thunberg se les ha ido de las manos. No dibuja unicornios en sus cartas y, de ahí, las reticencias al respecto de esa joven sueca cuando lo que importa es que su denuncia es cierta y lo que se propone es necesario. Por las redes circula un ejemplo que lo explica mejor que yo. Una niña llama a los bomberos para avisar que su casa está ardiendo y estas son las respuestas que recibe: “¿No eres muy joven para estar diciéndole a los bomberos qué deben hacer? ¿Esa idea de pedir ayuda viene de ti? ¿Quién te dio esa idea? ¿Qué raro que llames a esta hora, no tendrías que estar en la escuela? ¿No has pensado que hay niños que no tienen casa que se queme? ¡Ellos deberían hablar y no tú! Eres demasiado europea para pedir ayuda.”

(Preso politikoak aske)