Los muertos no tienen precio

Cada vez que los gobiernos que promueven las guerras o tienen por costumbre involucrarse en todas, hacen cuentas de los desorbitantes gastos que las guerras suponen y ponen cifras al coste de los letales explosivos que se lanzan y que, inmediatamente, habrá que reponer; al precio de las armas y municiones que se emplean, a toda clase de vehículos militares, a los despliegues de tropas… la factura de la guerra aumenta.

En los gastos que supone la guerra, sin embargo, no suelen incluirse las vidas humanas. En todo caso, se cuentan, o se estiman a ojo de buen cubero. Las vidas que, sin embargo, se invocan para hacer la guerra no forman parte de los presupuestos, ni aparecen en los cuadros contables. La guerra, la maldita guerra, se limita a un inventario de máquinas infernales, dinero sucio y unos cuantos canallas al frente del negocio.

Las vidas apenas son el señuelo emocional que justifique la feria militar de muestras y el interés de los inversionistas. Como cualquier materia prima barata, las vidas son reemplazables fácilmente y su ínfimo costo ni siquiera merece consignarse en los estados financieros de esta globalizada desvergüenza.

Los muertos podrán tener valor para los vivos, pero no tienen precio para el mercado.

(Preso politikoak aske)

Para vomitar

Días atrás, el presidente Joe Biden, que podría poner fin al genocidio en Gaza si no fuera porque usa su veto en la ONU para que no termine, le advertía al ministro israelí Netanyahu del riesgo de perder apoyos “porque la gente esta viendo lo que está pasando”. Aunque Biden no fuera tan explícito, lo que pasaba sigue ocupando los informativos y son bombas que derrumban edificios, revientan hospitales, destruyen colegios, mezquitas, mercados, centros de la ONU, campos de refugiados… Bombas sobre la nuca de una población cautiva y desarmada, bombas que matan niños, decenas de miles de muertos arriba y debajo de los escombros, muriendo de hambre, de sed, de fuego, muriendo todos los días ante los ojos del mundo… que celebra la Navidad.

A Biden no le preocupa lo que pasa en Gaza, a Netanyahu tampoco. Lo que les preocupa es que se vea, que el mundo sea testigo de la insoportable crueldad de este holocausto.

Para que no se vea es que casi un centenar de periodistas han sido asesinados por el ejército israelí; para que no se sepa es que los oficiales israelíes al mando del terror, transformados en reporteros, se instalan en nuestros canales favoritos para explicarnos el alcance de la operación y los objetivos conseguidos. Para vomitar.

(Preso politikoak aske)

Los jueces no tienen nombre

(De Gara)Todo acaba por saberse. Ni los jueces tienen nombre ni la justicia apellidos. Ocurre que los jueces, más que preocuparse por su buen nombre, se ocupan de no tenerlo. Tampoco apodos. A fin de cuentas, lo habitual es que los nombres de los jueces queden tras los nombres de los casos.

A los jueces, sin embargo, en su alta investidura, nada los define mejor que las togas con las que visten sus fallos. La más barata, la “Toga Básica”, “liviana, de uso intensivo y fácil cuidado”. Para jueces capaces de congeniar línea y precio, la “Toga Lienza Iure aporta presencia”, (casi preside sola el tribunal), y lleva “cierre de broche delantero”. LaToga Lienza Gratia, es confortable y aporta distinción”. Como la Iure, también aporta “presencia” aunque por 165 euros, y llevavistas y espalda en Raso de Seda Artificial Italiana”.

Queda en catálogo la “Toga Lienza Extra”, la más cara. “Exclusiva, aporta una presencia sin igual”, y resalto el sin igual del caso. Máxima ligereza y resistencia a la arruga.

Y bien, si tampoco nos sirven las togas para nombrar a los jueces, pues que sean las insignias, las medallas, los collares, de los que hay grandes surtidos, y si no, que se les nombre por los birretes, y si tampoco, pues por las puñetas.

(Preso politikoak aske)

Chascarrillos navideños

Hablábamos algunos en el comedor de la residencia San Jose Egoitza de “Azkoitia” de lo bueno que sería, como manda el protocolo, anticiparnos con nuestra propia carta al olentzero, a los regalos que en su nombre acostumbran la Diputación, Biharko o algún ayuntamiento próximo por estas fechas.

La verdad es que nos conmueve, y lo agradecemos, esa constancia con que el olentzero nos renueva la colonia Brummel anual y pone en nuestras manos esas tradicionales cremas “afther shave” para que nos mantengamos afeitados y fragantes, pero si algo quieren, de verdad, hacer por los residentes, aquí, lo que viene siendo urgente, insoportablemente urgente en esta residencia es: personal.

Personal de todo tipo. Lamentablemente, por si no lo sabían, no hay nada que pueda hacerse en beneficio de los residentes que no requiera personal; ninguna idea que contribuya a mejorar la calidad de vida de los residentes que no exija personal y, paradójicamente, personal es lo primero de lo que la empresa prescinde.

La falta de personal es palpable y provoca retrasos, abandonos, ruidos, olvidos, errores, accidentes… mal humor de fondo.

Por ello soñamos con que la residencia vuelva al seno del pueblo, física y emocionalmente, y quede clara la diferencia entre lo público y lo privado.

Una residencia de mayores gestionada por un municipio tiene como objetivo el bienestar de sus residentes. Parte del principio de que a más recursos humanos, mayor es también la calidad del servicio que se ofrece a los residentes. Su función, como institución pública, es velar por ellos.

Una residencia de mayores gestionada por una empresa tiene como objetivo el lucro de sus accionistas. Parte de la suma de que cuanto menos personal, mayores van a ser los márgenes para el negocio. Su función, como empresa privada, es velar por los beneficios.

Por eso las residencias no debieran ser un negocio. Por eso el Olentzero va a volver a pasar de largo.

(Preso politikoak aske)

Preguntas que te cambian la vida

Corrían los años sesenta y mi hermana Mey, que tenía entonces doce años, uno menos que yo, de improviso, como si no viniese a cuento, me hizo una de esas preguntas que te cambian la vida: “¿Por qué yo tengo que hacer tu cama?”

Aún siendo menor, Mey llegaba a todas las citas pendientes de la vida mucho antes que yo y, además, hasta mejor documentada. Ella me enseñó a abrir puertas que no sabía ni que existían, a hacer de la criticidad una herramienta básica para la vida, y a reivindicar espacios libres y equitativos en los que nadie sacrificara nada que le fuera vital.

¿Por qué tengo yo que hacer tu cama?”

La pregunta me la hizo serenamente, sin alterarse, mirándome a los ojos, como si no dependiera de mi respuesta para saberlo. De hecho, mi hermana solo me estaba dando la oportunidad de que dejara de seguir ignorando que, en casa de mi madre, mis dos hermanas tenían, entre otras obligaciones, la de hacernos las camas a los tres varones.

Desde entonces no he dejado nunca de hacer mi cama. Incluso, en la residencia de mayores en la que ahora vivo me sigo haciendo la cama como un guiño agradecido que mantengo con Mey y su memoria. Hay preguntas que te cambian la vida… si te atreves a responderlas.

(Preso politikoak aske)