En la mañana, cuando Pinocho despertó, ni siquiera se puso las zapatillas. Saltó de la cama y, en pijama y temeroso, rápidamente, fue al baño dispuesto a comprobar en el espejo hasta qué punto habían crecido las consecuencias de sus mentiras.
El Hada Azul del cuento que le diera la vida también le había advertido el riesgo que supone faltar a la verdad, pero ni su nariz había crecido ni sus orejas eran las de un asno.
Recobrada la calma, Pinocho sintonizó los medios para asomarse al mundo antes de salir a la calle, y así fue que se enteró de la preocupación de su alcalde por el bienestar de la ciudadanía, del interés de su presidente y de su gobierno por mejorar sus deplorables condiciones de vida, de la disposición de los empresarios por crear empleo, del afán de los banqueros por repartir ganancias, de la inquietud de los jueces por administrar sabiamente la justicia, del esmero de los grandes medios de comunicación por difundir la verdad, de los desvelos de la Iglesia por procurarnos el pan nuestro de cada día… y comprobó Pinocho que a ninguno de los tantos defensores de la razón, de la equidad, de la moral, del pueblo, le había crecido la nariz o puesto en evidencia sus orejas de burro.
Sólo al Hada Azul.
La bella Durmiente manda el bosque a la mierda
¿Y es que alguien puede decirme para qué carajo sirve un bosque? Lo pregunto porque después de haber sido arrullados mis sueños con todos los cuentos que se hayan escrito y algunos más improvisados, sigo sin encontrar un motivo que me anime a tener una buena opinión de los bosques… y de los cuentos.
De hecho, la primera vez que alguien me habló del infierno como un espacio en el que castigar todas las perversas conductas humanas y a sus autores, lo imaginé como un lugar provisto de frondosos árboles y tupida vegetación.
Y cuando el mismo informante agregó las llamas a mi infernal visión, confirmé que, además, el bosque estaba ardiendo. Me pareció una buena noticia hasta que, por la misma vía, también supe que el incendio había sido declarado inextinguible, que el bosque estaba condenado a arder toda la eternidad y temí que las llamas se propagaran amenazando vidas inocentes.
En cualquier caso, sigo sin entender esa insistencia de algunos en preservar los bosques. ¿No sería mejor que desaparecieran todos de una maldita vez?
A lo largo de los cuentos con que aprendemos a confundir la historia, los bosques únicamente han servido para dar cobijo a despiadados lobos, a horribles alimañas, a perversas brujas y terribles ogros, y a otras gentes de mal vivir, como ladrones, bandidos y enanos.
Al amparo de sus sombras, de su impune soledad, se han perpetrado los más espantosos crímenes y delitos.
Yo misma fui condenada al sueño eterno con la complicidad de un espeso bosque que me escondía de la curiosidad humana. Y tuvo que ser un príncipe, muchos años después, el que tras ardua lucha con la exuberante vegetación, finalmente, pudiera abrirse paso y llegar hasta mi persona, aquella que fuera hermosa doncella y de la que el cuento, a Dios gracias, no abunda en detalles sobre su estado al terminar la pesadilla.
Para nadie es un secreto que si en lugar de tener que cruzar el bosque Caperucita hubiera podido llegar a casa de su abuelita a través de una iluminada y moderna avenida, nada le habría pasado. El lobo que devorara a Caperucita y a su abuelita aprovechando el refugio que el bosque le brindaba para perpetrar sus carnívoros atentados, no hubiera pasado desapercibido en una gasolinera o en un motel de carretera.
Cualquier patrulla policial lo hubiera descubierto desde que se le ocurriera poner una pata en la calzada, o habría sido identificado por alguna cámara de vigilancia o denunciado por algún ebrio trasnochador de regreso a su hogar.
Si su abuela, en lugar de vivir en el bosque, hubiera dispuesto de un moderno y residencial apartamento, cualquier vecino que no tuviera la televisión demasiado alta, habría podido oír sus gritos de socorro o los aullidos del lobo festejando su éxito.
No por casualidad los padres de Pulgarcito se decidieron a abandonarlo en un bosque. Si lo hubieran dejado a las puertas de una iglesia como era costumbre entonces, alguien la hubiera abierto salvándole no sólo la vida sino, incluso, el alma, ya que no la inocencia. Si lo hubiesen abandonado en un río, dentro de una canasta, siempre habrían aparecido unas piadosas manos que lo rescataran de su turbulento infortunio y lo acabaran convirtiendo en heredero de algún exótico reino, pero en un bosque las posibilidades de sobrevivir para Pulgarcito eran tan escasas que hasta los tiernos gorrioncillos se dedicaron a conspirar contra la vida del niño haciendo desaparecer las migas de pan con que marcara su imposible camino de regreso. Y ya los niños que se aventuran por los bosques no dejan caer migas de pan. Ahora lo que tiran son bolsas y botellas de plástico, cuando no son sus padres quienes aprovechan el bosque para deshacerse desde pañales llenos de mierda hasta electrodomésticos inservibles.
Ni siquiera cuando el bosque, tan surtido de profundas cuevas en las que dar refugio a sanguinarios ladrones, fue capaz de albergar la deliciosa imagen de una casa de chocolate, sirvió la misma para endulzar las ilusiones de dos hermanitos perdidos, que fueron sometidos a la tortura de una antropófaga bruja decidida a comérselos asados una vez los cebara.
Hasta la encantadora Bambi, por empeñarse en vivir en los bosques en lugar de contribuir a hacer más felices a los niños en un circo, casi perdió la vida cuando el bosque en el que se creía segura precipitó el infierno. Si Bambi hubiera estado pastando tranquilamente en un zoológico, aún en el caso de un incendio semejante, los bomberos habrían llegado a tiempo de evitar la muerte de su madre.
Con razón, recientemente, el que fuera presidente estadounidense George W. Bush, planteó la necesidad de cortar los árboles para evitar los incendios.
Ya ni siquiera quedan en los bosques laboriosos enanitos que “aijó aijó” vayan felices a sus entrañas a trabajar.
Al margen de estas y otras muchas referencias en los cuentos y en la literatura que han advertido del riesgo que implican los bosques para la vida humana, sea como espacios de impunidad que han sido testigos, por ejemplo, de los maltratos de las infantas del Cid o como recursos que propiciaron la muerte del rey Macbeth, la desaparición de los bosques facilitaría el desarrollo y el progreso al que aspiramos.
Un tren de alta velocidad hubiera trasladado a los cuatro músicos de los hermanos Grimm a Bremen en cuestión de horas, en lugar de andar penando sus miserias por inhóspitos bosques y caminos, a riesgo de ser pasto de ladrones y de no llegar nunca a su destino.
La madrastra de Blancanieves de haber dispuesto para su ocio de un campo de golf junto a su castillo en lugar de un bosque, no hubiera malgastado su vida, tampoco sus egos, en vanas conversaciones con espejos mágicos. Y ni Robin Hood ni los 40 ladrones habrían podido eludir la acción de la justicia de no encontrar en el bosque amparo a sus fechorías.
Urge que en los cuentos aparezcan en todo su esplendor trenes de alta velocidad, campos de golf, bancos y sucursales, pistas de esquí, centros comerciales, plantas de residuos, aparcamientos, entre otras muchas e imprescindibles obras a las que no se les brindan ni espacio ni recursos por esa absurda y demencial tendencia a preservar los bosques.
Así que, ¡a la mierda los bosques y bienvenido el progreso!
Cancionero lumínico dominicano
Un día y otro día y otro año y otro más… seguimos de apagón en apagón.
Hace quince años Leonel Fernández le declaró la guerra a los apagones. Escribí entonces en El Nacional una muy personal versión de semejante declaración de guerra que hoy os invito a seguir cantando, junto a varias letras que escribí más tarde como parte de una antología bolérica-lumínica que también adjunto.
Guerra a los apagones
Leonel se fue a la guerra
que apagón, que apagón, que pela,
Leonel se fue a la guerra
la luz cuando vendrá
que do-re-mi, que do-re-fa,
la luz cuando vendrá.
Vendrá para Año Nuevo
que apagón, que apagón, que tedio,
para el otro milenio
la luz cuando vendrá
que do-re-mi, que do-re-fa
la luz cuando vendrá.
Ahí llegan nuevas plantas
que apagón, que apagón, que karma,
de Francia y Alemania
la luz cuando vendrá
que do-re-mi, que do-re-fa
la luz cuando vendrá.
Sin luz tampoco hay agua
que apagón, que apagón, que vaina,
sin luz tampoco hay agua
la luz cuando vendrá
que do-re-mi, que do-re-fa
la luz cuando vendrá.
Cancionero Bolérico-lumínico
En la vida hay facturas que nunca debieran pagarse
las facturas que manda Edenorte y manda Edesur,
compañías que cobran servicios a precios muy caros
y que encima de lo que te cobran te dejan sin luz.
He pensado robarme el servicio sólo pa empatarme
porque a más de perder mi dinero pierdo la razón
pero yo no soy un delincuente que estafe a la gente
ofreciendo prestar un servicio que luego no doy.
Cuantas noches de insomnio por culpa de los apagones
sin la brisa de un simple abanico que ayude a dormir
padeciendo el acoso y derribo de tantos mosquitos
y sudando lo que no está escrito y me niego a decir.
Sólo sé que si siguen cobrando más a los que pagan
y además ni siquiera nos cumplen con lo que nos dan
no va a haber un pendejo que siga haciendo el pendejo
e inevitablemente…tendrán que cerrar
– – – – – – – – – – –
No sé tú, pero yo, ya no pago la luz,
porque estoy cansado de Edesur,
de sus alzas, sus facturas,
del servicio tan infame que nos da.
Hoy no hay luz,
pero yo la he comenzado a extrañar,
en mi almohada no la dejo de pensar,
con la gente, mis vecinos, en la calle, sin testigos.
Hoy no hay luz, pero yo la busco en cada amanecer
mis deseos no los puedo contener, en las noches cuando duermo
si de insomnio yo me enfermo,
me hace falta, mucha falta y hoy no hay luz.
– – – – – – – – – – – – – –
Dicen que al que no paga se le apaga
pero yo no comprendo esa razón
porque aunque yo la pago y pago cara
me tienen de apagón en apagón.
Volvieron a subir el kilovatio
me cobran lo que gasto y lo que no
y por más que reclame mis derechos
sólo recibo a cambio otro apagón.
Hoy mi inversor no tiene baterías
me dicen que me debo aguantar
soy un pendejo más sin energía
y no hay nadie a quien yo pueda apelar.
Cuando la luz del sol se esté apagando
y tú dependes sólo de Edesur
a uno se lo lleva el mismo Diablo
porque llegó la noche y hoy no hay luz.
– – – – – – – – – –
La luz es la culpable, de todas mis angustias
y todos mis dolores,
la luz llenó mi vida de oscuras maldiciones
y negros apagones.
La luz que Edesur cobra pero que no me sirve y yo debo pagar,
y pago aunque no quiera, esclavo de las sombras, ya vale de abusar.
No jueguen con mis cuartos, ni fuñan mi descanso, que es lo único que tengo.
Si pago la factura por qué cojollo entonces no me cumple Edesur. La luz me desesperaaaaa, me mata, me enloquece, y hasta la vida diera por tener derecho a prender la luz.
– – – – – – –
(Para mejor interpretar los siguientes boleros lumínicos, consígase un bombillo, tómelo en sus manos, y con toda la ternura de que sea capaz, cual Hamlet que recita aquello de «To be or not to be», cante entonces, con sus ojos de cordero degollado fijos en el bombillo, los renovados boleros que les propongo).
Te extraño,
como se extraña en la noche el abanico,
como se extraña la luz y su servicio
no estar contigo por Dios que me hace daño.
Te extraño
cuando trabajo, cuando lloro, cuando río,
cuando el sol brilla, cuando hace mucho frío,
porque te pago y sueño que eres mio.
Te extraño
como los árboles extrañan el otoño
en esas noches que no concilio el sueño
no te imaginas, amor, como te extraño.
Te extraño
en cada paso que siento solitario
cada momento que estoy viviendo a diario
estoy muriendo sin luz porque te extraño.
Cuando Edesur nos manda sus facturas
sus apagones y todas sus excusas
por lo que quieras, no sé,
pero te extraño.
– – – – – – –
Sin ti
no podré vivir jamás
y pensar que nunca más
estarás junto a mi.
Sin ti
que me puede ya importar
si la luz debo pagar
y está lejos de mi.
Sin ti
no hay clemencia en Edesur
la esperanza de mi luz
te la llevas al fin.
Sin ti
es inútil vivir
como inútil será
el quererte olvidar.
«¡Déjalo tó y sal de ahí!»
Han pasado más de diez años desde que el joven gomero dominicano Rafael Díaz se ganara 45 millones de pesos en la lotería y dejara para la posteridad la inolvidable frase que da título a esta columna. Cuando supo en la calle de su buena nueva, emocionado, no era para menos, el bueno de Díaz salió disparado para su casa y una vez llegó, desde la puerta, le gritó a su mujer: “¡Déjalo tó y sal de ahí!”
Sin proponérselo, Díaz acababa de dar con un extraordinario eslogan para el comercial de nuestros sueños que haría feliz, por su rotundidad, la más exigente campaña publicitaria.
Y es que eso y no otra cosa seguimos esperando los dominicanos, que el día menos pensado se nos aparezca un ángel o Dios mismo y, al igual que Jesucristo le dijera al joven rico que se le acercara un día para preguntarle qué más podía hacer él, que cumplía los mandamientos y observaba como cristiano una intachable conducta, también nos diga a nosotros: “¡Deja cuanto tienes y sígueme!”
Eso es lo que desde hace años vienen haciendo los desesperados que se suben a una yola aunque carezcan de una voz autorizada que les garantice la odisea.
Eso es lo que la mayoría de los que tenemos nuestros mejores sueños relegados a un futuro imposible seguimos esperando para salir del hoyo y de la olla, para salir de deudos y de deudas, para salir de pagos y fiados, para salir de cuentos y de cuentas, para salir de engaños y de fraudes, para salir de blancos y morados, para salir también de colorados, para salir de gritos y empujones, para salir de cheles y pesetas, para salir de velas y velones, de comesolos y de comemierdas… para salir de ahí.
Gastronoticias
Afirman los espárragos que la reforma del tomate no entrará en vigor hasta que las aceitunas lo aprueben, al margen de lo que afirme la lechuga sobre las recetas aplicadas a la crisis, dado que para el aceite ya ha pasado lo peor y la ensalada es un mejor lugar sin cebolletas. El riesgo, en cualquier caso, es que la tasa de paro de los pimientos siga aumentando o que la Bolsa se dispare por la fusión del huevo con la mayonesa, antes de que para marzo se anuncie una nueva emisión de guisantes y se desplome el precio de la sal.
Por otra parte, la Audiencia ha archivado la denuncia del vinagre mientras se cifra en 25 el número de pepinillos afectados y persiste la protesta de las zanahorias por no haber sido consensuada su presencia en la cocina. Los taponamientos de salchichas por toda la mesa se han visto agravados por los torrenciales aguacates caídos sobre los platos que han desbordado el ajo y provocado inundaciones de vino por el mantel.
Los garbanzos han hecho públicas sus aspiraciones a la presidencia del menú por más que las lentejas, ya en precampaña, sigan movilizando a las patatas y acusen a la pimienta de haber ido a la ensalada en misión humanitaria y mantener vínculos con la mortadela.
Tras la jarra de agua han proseguido los bombardeos de berenjenas provocando graves daños colaterales en las calabazas, al tiempo que han sido sorprendidos tres puerros traficando especias en un cocido clandestino. Un pan suicida ha estallado sobre la servilleta provocando tres dedos y una uña, mientras miles de hormigas han llegado a la mesa y se persignan en torno al holocausto de la ensalada muerta. Más tarde se darán a conocer las previsiones sobre el futuro reparto de migas.
Yo me levanto de la mesa con la urgencia de quien aún no ha pasado por el baño, deposito entre espasmos la cólera que nunca he digerido y me voy a la calle con la vergüenza de estar todavía vivo, vivo entre tanta desvergüenza.
Nunca más volveré a leer el periódico mientras como.

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