De fachas y paletos

El que en un programa humorístico de la televisión vasca una actriz afirmara que la mayoría de los españoles le parecen paletos y fachas ha provocado un alud de descalificaciones hacia la actriz y el programa. Numerosos paletos y fachas se han sentido aludidos y hasta han promovido un boicot para con la actriz y hasta el presidente del Gobierno Vasco y el propio canal (EITB) han lamentado las opiniones de la actriz retirando, incluso, la emisión del programa, dándole una dimensión al hecho más propio de paletos y fachas que de autoridades y medios de comunicación.

Casi un siglo ha pasado de la España que reflejara Valle-Inclán en Luces de Bohemia, de aquella sociedad que nos “abría sus puertas en mangas de camisa, la bragueta desabrochada, el chaleco suelto y los quevedos pendientes de un cordón, como dos ojos absurdos bailándole sobre la panza”.
Casi cien años se han cumplido de aquel “corral donde el sol era y no siempre el único bien”, de aquella España de “espuma de champaña y fuego de virutas, de trenzas en perico, caídas calcetas, blusa, tapabocas y alpargatas, de charcos y tabernas, de borrachos lunáticos y filósofos peripatéticos”; de aquel “círculo infernal en que mascar ortigas, de empeñistas y ministros, de soldados romanos y porteras”; de aquel “apestoso antro de aceite cuya leyenda negra era su propia historia, el dolor de un mal sueño, donde unos se la jugaban de boquilla y otros se hacían cruces en la boca”; de aquella “lóbrega trastienda, desgreñada y macilenta, donde hacían tertulia un gato, un loro, un can… cráneos privilegiados”; de aquel “esperpento de sombras en las sombras de la taberna del Pica-Lagartos, de viejas prostitutas y borrachos, de ladinos, guindillas y fantoches, donde mostraba la monarquía sus encías sin dientes y era marquesa del tango Enriqueta la Pisa-Bien”.
Valle-Inclán ya conocía entonces a un “pueblo miserable que transformaba todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras, cuya religión era una chochez de viejas que disecaban el gato cuando se les moría, y el cielo una kermés sin obscenidades a donde con permiso del párroco podían asistir las hijas de María”, a esa España que Valle-Inclán describiera con certera elocuencia, en la que “los bizarros coroneles se caían de los caballos hasta en las procesiones”, y en la que “las leyes reposaban en carpetas de badana mugrienta y la autoridad era un pollo chulapón de peinado reluciente que se paseaba y dictaba: ¡Aquí no se protesta! ¡Se la está ganando! ¡Eso no lo tolero! ¡Yo soy la autoridad! ¡Queda usted detenido!…”
Algunos años menos han pasado desde que Antonio Machado, uno de los más grandes poetas españoles, afirmara: “De cada diez españoles, nueve usan la cabeza para embestir”. Casi los mismos años desde que el poeta peruano César Vallejo escribiera en 1937 su poema “España, aparta de mí este cáliz”.
Andamos ya en el siglo XXI y aquella España de Valle-Inclán que debió ser un mal sueño sigue estando delante pero no como memoria sino como amenaza; el cáliz que lamentara Vallejo continúa ahí, desangrando sueños y esperanzas; y los españoles que denunciara Machado insistiendo en embestir.

(Euskal presoak-euskal herrira)

 

Los baños

 

Aunque me duele reconocerlo creo que todavía existe un espacio social en el que la discriminación de género resulta indispensable: el váter

Hasta ahora, así se tratara de públicos o privados, existían baños para hombres y baños para mujeres. Ambos se limpiaban a primera hora de la mañana por lo que su estado, a lo largo del día, dependía del uso que se hiciera de los mismos. Al margen del letrero colocado en la puerta indicando el género, también se diferenciaban en que los baños para los hombres eran una guarrada y los de las mujeres siempre estaban limpios o casi limpios (a veces se colaban hombres).

Cada vez más, algunos restaurantes de los que aplaudo su intención de poner fin a la discriminación de género en los baños tanto como censuro su precipitación, ya no diferencian el género en los aseos por lo que los hombres están autorizados a ensuciar los dos baños. Y me parece saludable el intento pero también lo lamento porque condena a las mujeres a tener que hacer sus necesidades en recintos asquerosos. Mientras los hombres sigan siendo tan guarros y no aprendan a mear sentados que, dicho sea de paso, es muy saludable hasta para la próstata, los baños deben seguir disponiendo de espacios para las mujeres y espacios para los marranos.

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¿Hasta cuándo?

Toda vulneración de un derecho humano siempre encuentra un agravante más, otro nuevo ingrediente que sumar a su desamparo cuando la víctima agrega a su condición de refugiada, de pobre, de presa, de negra, de desempleada… su condición de mujer.

Y erradicar la violencia machista como el más sangrante sesgo de la ideología que la sustenta, es una larga lucha a llevar a cabo en todos los espacios sociales.

Hacen falta leyes, es verdad, que encaren con rigor y contundencia la discriminación de la mujer y la violencia machista, pero también son necesarios jueces capaces de interpretar las leyes al amparo de prejuicios tan comunes en ellos. Incontables son los casos de denuncias desestimadas porque no se consideró insulto llamar “zorra” a una mujer, porque la víctima vestía provocativamente, porque andaba en la calle a altas horas de la noche, porque no cerró las piernas lo debido, porque no fue suficientemente convincente a la hora de decir que no…

Hace algunos años Rafaela Rueda Contreras compareció ante el juez Carlos Manzano, titular del Juzgado de lo Penal 6 de Granada por acusar a su marido de insultos, agresiones y amenazas de muerte. El juez absolvió al acusado porque los hematomas de la mujer no estaban “suficientemente esclarecidos” y porque el testimonio de la mujer no le pareció creíble. Al juez le llamó la atención la “excesiva parquedad de la denunciante y su escasísima pasión y grado de convicción”.

Ignoro si Rafaela también había sido adiestrada en el silencio, si desde niña había aprendido a tolerar abusos y agresiones, si aquellos hematomas habían sido los primeros, si también había escuchado los paternales llamados a la prudencia, si alguna vez un cura le había recordado la virtud del perdón… En cualquier caso, los alegatos de la mujer en defensa de su amenazada vida al juez le parecieron excesivamente parcos, muy poco convincentes. Rafaela ni siquiera había demostrado pasión en su denuncia. Días más tarde de que el juez Manzano absolviera al acusado, Rafaela era asesinada a golpes de azada por su marido, otra vez detenido y a la espera de juicio, ya no por amenazas contra una mujer parca y poco apasionada y convincente, sino por asesinato de un elocuente cadáver.

Las mismas carencias y prejuicios son habituales en la policía. Una de las mujeres que en la Puerta del Sol de Madrid se encuentran en huelga de hambre reclamando un pacto de Estado que enfrente la violencia machista, comentaba el caso de una de las acampadas que tras varias horas denunciando ante la Guardia Civil las amenazas de su ex marido de matar a la hija que tenían en común sin que se le prestara caso ni atención, tuvo que escuchar del mismo uniformado que desestimara su denuncia la noticia del asesinato de la niña.

También hace falta un lenguaje que no esconda a la mujer, que no la subordine ni anule, que no la dé por supuesta cuando no la nombra,

La cobertura sentimental con que arropamos en nuestro lenguaje las más viles y machistas conductas, descargan de culpa sus responsabilidades y, tanto en las redacciones de los periódicos como en los tribunales, transforman en «pasional» el crimen y al asesino en un “enamorado”.

El amor no es una enfermedad que inevitablemente desencadene síntomas como los celos, la más humana de todas las excusas como es el alcohol el más socorrido de todos los pretextos. El amor no genera angustia, tampoco violencia. El amor no mata. Mata el machismo. Y reiterar como «delitos pasionales» los asesinatos de mujeres descarga de culpa al homicida, presa de una «pasión irrefrenable y común, por demás comprensible», y contribuye con el asesino a la edificación de una coartada que lo justifique. Frente a terroristas que «matan por matar», fundamentalistas que «asesinan por odio», psicópatas que en su locura matan, la más nutrida legión de asesinos, la más impune y la que más muertes y dolor provoca, curiosamente, mata «por amor».

 

En muchos casos, los medios de comunicación son, consciente o inconscientemente, sostenedores de las causas que alientan la violencia machista cada vez que le sirven de coartada cuando ensalzan reputaciones de maltratadores si por el medio suenan los apellidos, la fama o los recursos del delincuente. Y son los medios quienes, precisamente, más pueden contribuir a enfrentar la ideología machista rechazando la publicidad sexista; suprimiendo las emisiones de música que propongan matar a una mujer “porque no tiene corazón”, por ser “mala mujer”, o porque “le gusta la gasolina”; eliminando la difusión de cualquier contenido que aliente o justifique la discriminación de la mujer, que la reduzca a objeto, al mobiliario con que se decora un estudio de televisión.

Por hablar o por callarse, por denunciarlo o por exculparlo, por soñar o por resignarse, nunca ha de faltar, hasta que lo impidamos, el insulto, la amenaza, el golpe de un macho despechado y violento. Por salir o por quedarse, por obediente o por insumisa, por fuerte o por vulnerable, nunca ha de faltar, mientras lo consintamos, la discriminación, la violación, la violencia machista. Porque es por ser mujer que se la margina, que se la excluye, que se la mata.

Y ello ocurre con la connivencia de una justicia que descarga de culpa al acusado so pretexto de provocaciones o arrebatos; con la indolencia de una Iglesia que no tiene más propuestas que el arrepentimiento y la oración; con el beneplácito de un Estado que siempre se las ingenia para encontrar alguna nueva prioridad en las que disponer políticas y recursos; con la complicidad de unos medios de comunicación que persisten en amparar en crónicas y titulares los llamados “delitos pasionales” y con la indiferencia de una sociedad que sigue sin exigir respuestas porque en su triste ignorancia ni siquiera es consciente de la más terrible tragedia que afecta a su desarrollo y a su convivencia.

Mientras persista la discriminación laboral, jurídica, de cualquier índole; mientras sigamos advirtiendo en cualquier gesto amable de mujer una inequívoca señal de interés personal, en cualquier cortesía de mujer una desesperada invitación a la cama y en cualquier sonrisa de mujer una irrefrenable incitación al sexo; mientras sigamos sin entender que la violencia machista no es el problema sino la consecuencia de una ideología que esta sociedad encumbra y esconde en la bragueta de abajo y en la bragueta de arriba, no tendremos derecho a ser una sociedad, ni a progreso alguno, ni a soñar con un mejor futuro, tampoco a la dignidad que se supone a la condición humana.

Y sí, hay que crear leyes, adoptar medidas que protejan a las mujeres amenazadas, garantizar su seguridad, disponer recursos para ellas, como hay que formar jueces, periodistas, profesionales capaces de entender y enfrentar la ideología machista, pero si hay una labor y un espacio en el que esta sociedad debiera volcarse, esa labor es la educación y ese espacio es la escuela.

Cuenta Eduardo Galeano que, hace 200 años, Simón Rodríguez, director de Educación en la bolivariana Venezuela, a pesar de quienes creían que “el cuerpo es una culpa y la mujer un adorno”, “sentó a estudiar juntos en las escuelas a niños y niñas que, además, estudiaban jugando.” Así debía de ser, afirmaba Simón Rodríguez, “para que desde niños, los hombres aprendan a respetar a las mujeres y las mujeres aprendan a no tener miedo a los hombres”. También decía que había que ayudarles a pensar, a usar su propio juicio, a preguntar lo que ignoran, “porque pidiendo el porqué de lo que se les manda hacer, se acostumbran a obedecer a la razón: no a la autoridad, como los limitados, ni a la costumbre como los estúpidos”, y señalaba Rodríguez que “al que no sabe cualquiera lo engaña, y al que no tiene cualquiera lo compra”. “Enseñen y tendrán quien sepa; eduquen y tendrán quien haga”, insistía quien fuera maestro de Simón Bolívar.

Dos siglos después seguimos necesitando instituir esa imprescindible zapata social para la convivencia y el desarrollo que es la escuela, en la que restituir en cada ser humano todos sus derechos a ser y manifestarse, en la que aprender a construir entre hombres y mujeres relaciones de equidad y respeto. Y esta necesidad no admite un solo día de espera.

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Estado de derecho

Si el presidente del gobierno español comparece ante los medios de comunicación para, como es costumbre, defender la presunción de inocencia de amigos y compañeros del partido y termina reiterando que vivimos en un Estado de derecho; y el ministro de Justicia, con la misma constancia y parecido tono que su presidente, afirma que prevaricar no es corrupción y que, además, vivimos en un Estado de derecho; y el Fiscal del Estado aprovecha los cambios ordenados en las fiscalías que no le son propicias para repetir que vivimos en un Estado de derecho; y el último representante del Partido Popular en ser imputado, al tiempo que se miente y se desmiente, insiste en que vivimos en un Estado de derecho; y el portavoz del Partido Popular en el Congreso, una vez expresados sus habituales exabruptos e insultadas las restantes señorías, vocifera que vivimos en un Estado de derecho; y el amplío coro de contertulios en la nómina del gobierno cierran su turno en el ejercicio de la desmemoria recordándonos que vivimos en un Estado de derecho; y los monarcas en uso y en desuso, emérito y vigente, tras culminar algún ágape o safari, solemnes proclaman que vivimos en un Estado de derecho… es que ya a nadie le debe quedar la menor duda de que España es un Estado de Desechos.

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Si hubiera sido

Si hubiera sido apóstol habría sido Judas, si hubiera sido asiento habría sido poltrona; de haberse limitado a ser un animal hubiera sido un cerdo; si hubiera sido vino, vinagre hubiera sido; de haber sido una flor habría sido un capullo; y de haberse conformado con ser una simple letra hubiera sido la X… pero Judas tuvo a bien arrepentirse, las poltronas sirven para hacer fuego, los cerdos también son alimento, el vinagre acompaña a la ensalada, los capullos terminan floreciendo, y sin la X no habría oxígeno, ni sexo, ni existencia. Si hubiera sido un político, aún ejerce como tal, solo podría haber sido Felipe González.

Hace tiempo que debió ser condenado por apropiación indebida de bienes y sueños, por malversación de compromisos, por tráfico de votos, por fraudes obreros y estafas atlánticas, por blanqueo de promesas y consignas, por asociación de malhechores, por pertenencia a banda armada, por dirigir el terrorismo del Estado. También pudo haberse retirado, discretamente, a su cortijo sevillano o a su finca marroquí donde nadie fuera a recordar su nombre y su pasado… pero Felipe González ni ha pisado un tribunal, ni ha emigrado a otro país. El más impune y repugnante sicario de la política española por ahí anda, de la mano de Aznar, hablando mierda sobre Venezuela.

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