Gestos por la paz

Que a uno de los pretorianos municipales que Yolanda Barcina, alcaldesa de Iruña, paga y emplea para que aporreen ciudadanos, le diera por amenazar en plenas fiestas de la ciudad a un vecino con cortarle el cuello, en un inequívoco gesto con el dedo, bien mirado, nada tiene de particular y hasta podría justificarse al calor de un buen caldo sanferminero. Tampoco es la primera vez que ocurre ni son, las pasadas, las primeras fiestas en las que a los uniformados mamporreros se les van las manos y demás extremidades. Para eso es que están y por eso es que cobran. Vulnerar derechos e irrespetar ciudadanos es su cometido y en él se afanan.
Pero que a la siempre modosa y circunspecta vicepresidenta del gobierno español, esa que nunca pierde la compostura, tan recatada ella, tan elegante, tan señora, se le fuese el dedo en el mismo grosero y violento gesto, y no en la conflictiva calle, sino en el sosiego de su parlamentario escaño, a cualquiera sorprende y preocupa.
Sólo dos posibilidades se me ocurren capaces de explicar la infeliz coincidencia entre el gesto del guardia municipal de Iruña y el de la vicepresidenta del gobierno español, con el agravante de que las dos posibilidades son desoladoras y que hasta podrían darse ambas a la vez.
O Doña María Teresa Fernández de la Vega nos tenía engañados y tras su apacible y serena presencia escondía, realmente, el intelecto de un bodoque pretoriano pamplonés, o ese guardia municipal de la Barcina cuenta con todos los atributos y condiciones necesarias para llegar a ser algún día vicepresidente del gobierno.