Coronel Fernández Domínguez

 

A veces arropamos a nuestros grandes muertos con fúnebre grandilocuencia, los cargamos de pesados elogios, los vamos sepultando cuanto más los exaltamos, hasta transformarlos en deidades, en seres intangibles  a los que nosotros, por humanos, por predecibles, no podemos aspirar a alcanzar.

El elogio se convierte entonces en una hábil excusa para la indiferencia, en un sutil pretexto para la rendición de cualquier compromiso.

Nosotros, los humanos, no podemos ser dioses. Y para justificarlo precisamos ocupar los altares con santos que nos hagan notar la diferencia.

Y así hablamos de la «raza inmortal», de que se «inmolaron» por la patria.

O lo que tanto se parece que, como seres sobrenaturales, desafectos a la vida, buscaron para coronar su presentida muerte la mejor causa y el peor enemigo.

El próximo 19 se cumplen 45 años de la muerte en combate del coronel dominicano Fernández Domínguez, aquel que ideara el movimiento constitucionalista sobre la premisa irrenunciable de «lo que los militares le arrebatamos al pueblo, los militares se lo devolveremos». El mismo que decía «el uniforme cubre el cuerpo, no los principios». El mismo que en el asalto al Palacio Nacional, un día como ayer, en plena guerra de abril, caía con el cráneo destrozado sobre una acera de la 30 de Marzo.

El coronel Fernández no se  «inmoló», no fue hacia la muerte de manera consciente, como quien se cree portador de un destino que, inevitablemente, le exige la vida.

El mismo hombre que seis días antes, en la casa de Juan Bosch en Puerto Rico, con los ojos en llanto, se abrazara a su hijo menor, Rafael Tomás, en el temor de que ese abrazo fuera el último. El mismo que amara a Arlette con la misma devoción con que fue amado, que había sabido esperar el momento adecuado mientras tejía la red constitucionalista que repusiera a Bosch en la presidencia, no buscaba la muerte. Eso sí, ejercía la vida.

Cuenta Galeano de Salvador Allende que el presidente chileno «varias veces había dicho que no tenía pasta de apóstol ni condiciones para mártir pero que, también había dicho que  vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no merece la pena vivir».

La apuesta es por la vida. La muerte suele ser una desgraciada consecuencia.

Bueno es hoy recordar y agradecerle, no el sacrificio de su muerte, sino el humano gesto de su vida, porque a gestos como el suyo es que debemos las precarias libertades que hoy siguen siendo necesario preservar.

Y que ojalá en Honduras cunda cuanto antes el ejemplo del coronel Fernández y otro iluminado coronel devuelva al pueblo lo que los militares le quitaron, que a los golpistas, y la historia no suele equivocarse, sólo se les saca a golpes.

Sesenta infames firmas

Decía Bertold Brech que “quien ignora la verdad es un iluso pero quien conociéndola la llama mentira es un delincuente”, y ninguno de los sesenta firmantes de ese mendaz y rastrero manifiesto contra Cuba es un iluso.

Cierto es que algunos de los firmantes nunca tuvieron vergüenza y que otros hace años que la pusieron en venta para que el mercado los recompensara con  estatuillas,  micrófonos y primeras páginas, pero ninguno es un iluso.

En otras circunstancias a algunos de los que se han prestado a semejante bajeza hasta podría caberles la disculpa por adhesión tan miserable, pero no en estos tiempos; no cuando el mundo cruje por todas las sangrantes costuras que el depredador capitalismo y su criminal ambición provoca en todas partes; no cuando en las fosas comunes en Colombia se desentierran hasta dos mil cadáveres impunes; no cuando en Honduras su golpista y fraudulento gobierno vive asesinando opositores todos los días; no cuando México ha terminado por transformarse en un infierno en el que ya ni la común e histórica miseria tiene derecho a un titular de prensa; no cuando Haití yace postrada no por terremotos naturales sino por los sismos que impone el capital; no cuando las transnacionales europeas y estadounidenses acuden al festín del tercer mundo, esquilmando sus mares, vaciando sus recursos, arrebatándole sus profesionales; no cuando el mundo se desangra y su ruina amenaza con no tener retorno; no cuando los firmantes ignoran la tortura en su patria, los centenares de presos políticos, los medios de comunicación cerrados, el atropello y la impune represión; no cuando proponen que Cuba se convierta en otra absurda farsa, en otra colonia tutelada, en otra mierda más, que no otra cosa es lo que pretenden.

Y ninguna importancia tiene recordarles a esos sesenta delincuentes, porque no lo ignoran, qué ha conseguido Cuba en apenas medio siglo y, no obstante, el bloqueo, el terrorismo, las presiones, las calumnias y las patéticas plataformas como la que pretenden levantar contra el único país en el mundo en el que nacer no es una quimera.

¡Viva Fidel!

 

Yo no voy de una fábula a fingir un responso

 ni acepto un desenlace por una controversia,

 ni voy por un pecado a ignorar el infierno,

 ni por un desatino transijo una condena

o que una discrepancia culmine en alboroto

 y un funeral descargue de culpa el cementerio.

Yo no voy de una lágrima a invitar a un sepelio,

ni intercambio aspavientos por sinceros aplausos,

ni divinos naufragios por humanas tormentas.

No voy de un eslabón a hacer  una cadena,

ni me duele una cruz más que sangra un calvario,

ni un rescoldo me inquieta como alarma un incendio,

ni cambio la palabra común por un poeta

o me aflige una cuenta tanto como un rosario

y un disparo me aturde más que un parte de guerra.

«…y la verdad os hará libres»

Porque siempre en lo humano hay algo de divino es que, a veces, en el breve dispendio de una vida, somos capaces de despojarnos de nuestras miserias y levantar la dignidad que aún nos ampara hasta donde ella misma se sostenga, de amamantar cualquier prohijado sueño y obrar frases como la que encabeza esta reflexión.

Porque siempre lo humano prevalece es que, a veces, la tierra pesa más que el cielo y andamos, cuando andamos, de prosaicos, desprovistos de cultos y quimeras y sin poder albergar siquiera un asomo de optimismo, de soplo redentor o lo que sea, que nos permita creer en la esperanza. Y vamos, cuando vamos, de costado, resoplando las dudas y los miedos, y sabiendo que, en el fondo, la verdad sólo nos vuelve presos y que es, precisamente, la mentira, la impune crónica diaria de vilezas absueltas, la repetida náusea de asistir a la misma canalla desvergüenza, la que nos deja libres y, a veces, millonarios.

Europa no recibe

¡Qué extraña y triste mueca la de esa Europa sin memoria, la de ese común conglomerado de poses y apetitos, hoy empeñada en desandar su historia, en negarse hasta la náusea en aquella virtud en la que, si aún fuera generosa, debería asentar su razón y su respeto, cuando los horizontes se echaban a la espalda y la punta de la bota era el camino!

¡Que amargo y vano olvido el de esa Europa que, así fuera el hambre que empujara la mano o la ambición que sostuviera el puño, rompió amarras y puso rumbo al sur, siguió el curso del sol hasta encontrarse de nuevo con la noche, llamó a la noche el día, mientras fundaba el este y el oeste, y ya hastiada de andar, señora a veces, casi siempre golfa, ha terminado anclando espantos y miserias en el mismo corazón de su virtud!

¡Qué sórdida palabra que no dice, que abrazo que no une, que beso que no besa!

Bien temprano hubo ingleses surcando las aguas del Caribe, en un trasiego armado de alborotos, acarreando esclavos y devengando haciendas, sires y piratas, desde el lago Ontario hasta la Patagonia, a lomos de elefantes en la India, de la mano del opio en el mar de la China, en los llanos de Australia, en el Africa austral, en la vecina Irlanda.

Eran franceses los que entraron en Quebec, se asomaron a Martinica, durmieron en Haití y despertaron en Guyana, los que hablaron francés en Mauritania y fumaron hachís en Marrakech, los mismos que entraron en Argel, en Chad, en Senegal, que volvieron a amar en Indochina y a quienes todavía recuerdan en Vietnam. Ni siquiera, para defenderse, les bastó la Polinesia, y aún se empeñan en seguir viendo franceses cuando miran a un corso, a un vasco o a un bretón.

Y fueron españoles, entonces y después, los que hicieron Primada a La Española, ascendieron al Cuzco, bajaron a Santiago, nominaron Caracas, La Habana, Buenos Aires, recorrieron Centroamérica y Colombia, cuando América valía un Potosí, y atravesaron las dunas del Sahara o cantaron nostalgias filipinas y se buscan sin verse en los imposibles Pirineos.

Y también portugueses deambulando el negro meridiano, a vueltas por Angola, de Madagascar a Mozambique, de Mindanao a Singapur, de Sao Paulo al Amazonas. Y holandeses, belgas, italianos, alemanes…europeos.

Pero esa Europa que nunca supo de puntos y de comas, que ha marcado su acento en todos los idiomas, la pertinaz viajera, la que avistó los polos y coronó todas las cumbres  y anda a vueltas, también, por el espacio…esa Europa, hoy no recibe, hoy no quiere inmigrantes, hoy no quiere que nadie la perturbe y por ello reitera la vieja cantaleta: más muros, más candados, más rejas.