Ojos ciegos

De mirarte y no verte ya no me quedan ojos.

Todos los fui perdiendo por la casa, algunos por la calle,

ni sé cómo ni cuántos he venido extraviando.

Al principio, cuando los proscribí por alevosos

y los desalojé por miserables,

reconozco que, encontrarlos por ahí, de cualquier forma,

desparramados, sin brillo ni pestañas, 

mortificaba tanto mi vergüenza

que hasta llegué a pensar en recogerlos

y disculpar sus chanzas y desaires…

pero ya no les hablo, ya no saben mirarte.

Me hubiera conformado

con que volvieran a acogerte en sus retinas

y te guardaran a salvo de distancias

y ni siquiera eso se dignaron fingirme.

Ayer, uno lloraba inconsolable,

recostado sobre el tubo de la pasta dental,

enfermo de nostalgia,

y otro más encontré deambulando

entre el vaho del espejo, resignado a su suerte,

como si supiera el desenlace…

pero ya no me sirven, ya no saben mirarte.

Son tantos y tan ciegos

que casi es imposible no pisarlos,

donde quiera que voy me los encuentro

y, como si me vieran,

me guiñan acogidas y reencuentros,

desesperados por volver a ser mis ojos

y sin que mi desdén los acobarde…

pero ya no me importan, ya no saben mirarte.

Entras en la cocina y asomada

a la taza de café,

de improviso te asalta

una vieja pupila conocida

proponiéndote nuevos horizontes

y más y mejores perspectivas;

basta que abras una gaveta

buscando un par de medias

o una carta extraviada,

para que alguno de los ojos que tuve

me reproche tu ausencia,

mientras yo divago alianzas y descartes…

pero ya no me bastan, ya no saben mirarte.

Y en las noches,

insolentes se apostan debajo de mi insomnio

en el común afán de murmurarme desventuras

y prodigarme reproches y pesares…

pero ya no los oigo, ya no saben mirarte.

Si al menos, de soslayo,

los ojos que ayer fueran,

los mismos que hoy no son,

no te dieran del todo por perdida 

y encontrarte no fuera un acertijo

y saberte no costara la vida…

pero ya no los quiero, ya no saben mirarte.